Sinopsi Ningún obispo impuesto (San Celestino, Papa)
En los primeros siglos, una Iglesia-"fermento" mantiene el principio electivo de sus obispos por el pueblo de Dios. Y lo mantiene, a pesar de las múltiples dificultades de todo tipo, por razones de fidelidad evangélica y por su concepción comunitaria de Dios, que le impiden manipular al Espíritu apropiándose privadamente de Él. Los papas resultan ser los grandes defensores de este principio electivo y de la urgencia de su puesta en práctica.
Posteriormente, una Iglesia estratificada al modo de la sociedad circundante ya no consigue mantenerlo: el laicado deja de tener parte alguna en la elección de sus obispos, que queda en manos del "alto clero" y de las autoridades políticas.
El Vaticano II supuso la recuperación de la libertad de la Iglesia, y sobre esta nueva -y tan antigua- base hay que seguir avanzando, fijos los ojos en los orígenes, para ir logrando hacer realidad que la libertad reconquistada alcance su verdadero objetivo: ser libertad para la comunión, la fraternidad y la igualdad de todo el pueblo de Dios en todo lo que a todos afecta.